Cucarachas

by Tina Paterson on 8.08.2016



Como un apocalipsis zombie las cucarachas han abandonado sus agujeros subterráneos. Al parecer unos simpáticos funcionarios del Ayuntamiento de Taipei se pasean por las calles con una espacie de lanzallamas de veneno y las gasean en cada rendija.

Esta mañana las cucarachas en racimos corretean a plena luz del día. Millares de ellas, grandes y chicas huyendo del gas tóxico, mientras los empleados de tiendas y restaurantes se afanan armados de escobas y periódicos enrollados para que no entren en sus tiendas.

Todo Taipei está construido mal. Bueno mal no, como el culo. Urbanísticamente esta ciudad no tiene arreglo, o quizá si lo tiene: dinamitarla y volverla a edificar. Mientras esa utopía llega, millones de personas y cucarachas se apiñan juntos en una convivencia mutuamente vigilada. Ellas están ahí, ellos duermen acá. Incluso, los chinos tienen un apodo para ellas: Xiao quiang: Pequeñas forzudas.

Está mañana sólo hemos visto lo obvio: que las cucarachas son los otros habitantes de esta capital desmesurada. Están aquí por ahora y se van a quedar para rato. Eso sí, por lo menos ya casi no hay ratas.

D.

Shikoku pilgrimage

by Tina Paterson






 


El Camino de Japón.
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Archipiélago

by Tina Paterson



Japonismos.
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Readers

by Tina Paterson on 7.24.2016



¿Dónde pasar la tarde del domingo en Taipei? En librería del centro comercial, claro.
Readers.
D.

Amá

by Tina Paterson on 7.20.2016



Amá mira desde una pequeña silla a la puerta de su casa.
Ella es menuda también. Tiene muchos años, muchas vidas encima.

Kinmen fue tierra de emigrantes y tierra de "indianos". Hoy se visitan las "lujosas" viviendas que se construyeron con lo que ganaron en tierras lejanas. Isleños y agricultores, que huyeron de la miseria en la misma época que aquellos españoles que fueron a América del Sur, y volvieron con dinero para construir sus pomposas casas burguesas en aquellas aldeas de nuestro norte.

Desde aquí sus destinos fueron de lo más variado: A la próspera Sanghai, a Indonesia y Singapur, hasta aquellos que fueron hacia la fiebre del oro en San Francisco o al Perú. A principios del siglo XX, aquellos chinos del sur, poblaron lejanas tierras, testigos de la historia de Asia y América. Pero, Amá se quedó.

Su novio, el día antes de irse a Singapur se casó con ella y le dió una casa. Pero no se la llevó con él. Ella nunca entendió aquella decisión. Esa noche, antes de la partida, ya la había dejado dejado embarazada por primera vez.

Su marido antes de jubilarse, volvió nueve veces más. Tuvieron diez hijos. Ella los cuidó, sola, esperando, mientras muchos de sus vecinos iban y venían por el mundo.

Al final Taiwán, tierra pobre, tierra de emigrantes, se convirtió en un pais próspero, y su marido, ya jubilado, regresó para no marchar jamás. Ella le cuidó hasta su muerte, aunque siempre supo que en Singapur tuvo otra vida, otra mujer, otros hijos.

Amá mira en la puerta de su casa al horizonte de una isla, en la que siempre estuvo sola.
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